1. Marta Lidia Garay de Cienfuegos
2. María Magdalena Solórzano Erazo
3. Ivonne Elizabeth Arias
4. Raúl Alberto Taura.
Tara era una joven que sufrió violencia física y verbal de parte su hermano Shawn, ella recuerda esos momentos, sus padres parecían no percatarse de lo acontecido, por lo que nunca prohibieron o limitaron esta situación, incluso cuando era evidente la agresión, al verse imposibilitada de recibir ayuda de quienes debían protegerla decidió callar, con el transcurso del tiempo se dio cuenta que su hermana Audrey también era víctima de abuso por parte de Shawn y al sentirse compañeras en el maltrato común encontraron fuerzas decidiendo hablar con su madre para ponerle un alto a la violencia de una vez por todas.
Tener voz para un niño, niña o adolescente significa externar sus opiniones, pensamientos, preferencias y que perciban que son escuchados, entendidos y comprendidos, naturalmente las primeras interacciones de comunicación se dan en la familia y es por medio de los progenitores que la interlocución y la significancia de la voz del primero por medio del interés del segundo se manifiesta. Esta interacción, aparentemente normal, no siempre es posible debido a las dificultades de comunicación, al extremo egoísmo o al desinterés por conocer la necesidad del otro; generalmente esta es una condición de una familia disfuncional, en el que cada uno de los miembros vive de manera individual sin procurar el bienestar de la familia.
En una familia funcional los sentimientos de amor genuino y ternura son expresados en forma libre al igual que los sentimientos de rabia[1], logrando una comprensión por parte del otro sin que cause indiferencia o reproche. Por el contrario, en una familia disfuncional se oculta la frustración o el enojo bien se manifiesta indirectamente[2] o de manera más directa, en cuyo caso tiende a generar ciertos patrones de conducta, uno de los cuales es callar lo que se siente, de continuar con ese patrón puede convertirse en costumbre, pedir calladamente o por medio de gestos puede ser una manifestación de afectaciones negativas o síntomas de violencia.
Para los niños, niñas y adolescentes la violencia que es ejercida por uno de los progenitores o por un miembro del grupo familiar afecta su desarrollo como persona de diversas maneras y conlleva a múltiples implicaciones que pueden ir desde afectaciones físicas hasta psicológicas en diversos grados; así mismo, la violencia física y mental alteran el comportamiento de los niños, niñas y adolescentes en sus estudios, en sus juegos o en la interacción con otras personas.
El silencio y permisividad de uno de los padres ante los procesos de violencia continuos contra los hijos por parte del otro puede que esté sustentado en una situación similar vivida en su niñez que no fue superada, repitiendo el patrón de conducta e introduciendo un círculo vicioso en la dinámica familiar.
Los padres de familias nutricias, es decir aquellas que saben que sus hijos no son malos deliberadamente, que, si alguien se conduce de manera destructiva, los progenitores se dan cuenta que ha ocurrido un mal entendido o que la autoestima de un miembro está muy baja[3], logran establecer una comunicación franca y honesta, que en base a la confianza y flexibilidad van adaptándose a las condiciones cambiantes del entorno.
Tal como lo expresa Virginia Satir, la forma de guiar a un hijo debería ser expresada de una forma clara en la que el padre tenga oídos para escuchar y llegar a un nivel de comprensión que le permita tener la capacidad de tomar conciencia de los sentimientos y las afectaciones que los hijos pueden tener y actuar en consecuencia.
Los padres, al ser los primeros educadores, tienen la responsabilidad de formar en primera instancia a sus hijos, deben observar su comportamiento y vigilar atentamente su autoestima u otro comportamiento clave que indique alguna desviación. ¿Cómo reconocen los padres lo que ocurre con sus hijos? Lo pueden hacer al observar el comportamiento de ellos en sus momentos lúdicos, que les permita guiar comportamientos disfuncionales hacia otros funcionales, por lo que se debe estar muy alertas para establecer los mecanismos de corrección en el momento apropiado.
La corrección de los padres debe realizarse en el momento en que se detecta un comportamiento desviado a una familia funcional, debiendo acercarse al niño de manera apropiada acorde a la edad que éste tenga, evitando la suposición que no entenderán la corrección a edades tempranas y por tanto dejándola para etapas más maduras de su desarrollo, que implicaría repetir el comportamiento no deseado, convirtiéndolo en una costumbre difícil de modificar en el futuro. Por tanto, la atención de los padres hacia sus hijos debe ser constante, permanente y se debe actuar con prontitud y pertinencia cuando la situación lo amerita.
Pero, así como existen familias funcionales o en armonía, hay muchas familias que viven en un entorno de insatisfacción creyendo, religiosamente, que no existe otra forma de convivir, pues se está acostumbrado a esa situación que se percibe como normal, que no se puede ver la realidad de otra manera. En este caso los padres podrían estar repitiendo patrones familiares previamente vividos y aprendidos, por lo que desde su punto de vista pueden creer que no hay otra forma de convivencia, hasta que algún miembro de la familia se da cuenta de la “miopía” y procura cambiar la dinámica familiar, evidentemente ese proceso de cambio será muy difícil de llevar a cabo con un enfoque individualista. ¿Están condenadas entonces las familias a repetir continuamente sus patrones de conducta?, ¿Hay posibilidades de modificar la dinámica familiar?
La respuesta a las preguntas planteadas es sí, existes innumerables alternativas para rehabilitar la convivencia familiar, entre ella se pueden citar: terapias familiares, ayuda de un profesional, entre otros; todo ello pasa por reconocer previamente que el diario proceder debe ser modificado por el bienestar de todos los miembros de la familia, que les permita convivir en un entorno de armonía y romper los círculos de generación de violencia, permisividad de la violencia, generación de violencia, etc. Si la situación planteada no se concretiza, la repetición de los males está casi asegurada, las familias conflictivas construyen hijos conflictivos que a su vez generaran nuevas generaciones de familias conflictivas.
Reescribir la historia, volver a empezar y romper el círculo de violencia es un imperativo si se desea construir una sociedad más equitativa y justa. Una familia conflictiva puede convertirse en nutricia[4], así como todas las cosas negativas se aprenden, también se pueden desaprender, para lograrlo se debe pasar, inexorablemente, por el reconocimiento de pertenecer a una familia disfuncional o conflictiva, perdonar los errores del pasado, dar la oportunidad de cambiar con la consciencia que las cosas pueden ser distintas, tomar la determinación de cambiar y adoptar medidas concretas para iniciar el proceso, al fin y al cabo, un individuo tiene la capacidad de aprender solo cuando conoce su valor y se siente valorado[5]
Como todo proceso de cambio el inicio no será sencillo para ningún padre de familia, máximo cuando reconocen que criar hijos conlleva una gran responsabilidad de cuidado en todos los aspectos, precisamente por ello debe de comenzar lo más pronto posible, de tal modo que la frase “eras mi niña”, no se convierta en una frase de auto cuestionamiento por no haber actuado en el momento oportuno.
[1]Martínez Navarro, Maria del Pilar. “Funcionalidad y disfuncionalidad de la familia”. Consultado en http://ru.juridicas.unam.mx/
[2]Ibíd.
[3] Satir, Virginia. “Nuevas relaciones humanas en el núcleo familiar”. Editorial Pax, México.pp 30.
[4] Satir, Virginia. “Nuevas relaciones humanas en el núcleo familiar”. Editorial Pax, México
[5]Satir, Virginia. “Nuevas relaciones humanas en el núcleo familiar”. Editorial Pax, México. pp 30.
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