Hoy en día, a pesar de estar en un mundo globalizado e innovador, se es testigo de cómo la violencia contra las mujeres ha alcanzado altos índices a nivel mundial, y cómo la pandemia por el virus del COVID-19 ha potenciado esta clase de violencia que, generalmente, inicia en el hogar y de cómo las mujeres son víctimas de agresiones, tales como: desprecios, humillaciones, gritos, empujones, golpes, insultos, entre otros. Se debe tener claro que “Violencia” no solo significa agresión física, sino también psicológica; según la Convención Belem do Pará, Violencia contra la mujer es toda acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado[1].- Las Naciones Unidas definen la violencia contra la mujer como: todo acto de violencia de género que resulte, o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada.
En El Salvador, así como en el resto del mundo, la violencia contra la mujer nace en el seno de la familia, su fomento inicia desde las etapas tempranas de la niñez, cuando se le enseña a socializar. Durante el proceso de socialización, que es cuando se aprenden, experimentan, aceptan o rechazan los estereotipos, la feminidad y la masculinidad se construye en un contexto cultural y social que nos enseña a hombres y mujeres a lograr nuestros objetivos y a enfrentarnos a los problemas de forma distinta. Se enseña al niño a ser competitivo, fuerte y valiente, mientras que a las niñas se les inculca el hecho de tener que ser dulces, comprensivas, respetuosas, más bien sumisas. Las sociedades crean representaciones de lo femenino que actúan como modelos ideales, que, a su vez inciden en la estructuración psíquica de la mujer. Psicológicamente, la mujer maltratada ha aprendido y/o aprende a ser sumisa, callada, atenta a las necesidades de su pareja, ya que, si no, eso le conlleva consecuencias contraproducentes. En la relación maltratante no se le refuerzan si no que se le castigan esas actitudes o conductas de independencia, capacidad y reacción.
Este ensayo se centra en la violencia intrafamiliar de tipo psicológica y maltrato físico que sufren las mujeres, es de considerar que se trata de un problema social de gran magnitud, a diario se escuchan en los diferentes medios locales e internaciones el aumento no solo de cifras sino hasta de muerte de mujeres maltratadas o violentadas en cualquiera de sus derechos, y hasta parece raro el día que no aparece noticia de incremento de la violencia ya sea nacional o internacional [2].
Es en el hogar donde se reproducen en primera instancia la conducta machista, que se puede definir como una ideología que defiende y justifica la superioridad y el dominio del hombre sobre la mujer; exalta las cualidades masculinas, como agresividad, independencia y dominancia, mientras estigmatiza las cualidades femeninas como, dependencia y sumisión [3]. Es a causa del machismo, que es practicado por hombres y mujeres, que se califican a las mujeres como obligadas por naturaleza a dar servicio doméstico y sexual; es pues el machismo estructurado uno de los detonantes de la opresión de género hacia las mujeres mediante mecanismos destinados a marginarlas, discriminarlas, maltratarlas, desvalorizarlas, acosarlas y violentarlas.
La violencia contra las mujeres causa consecuencias graves para la salud y el bienestar de las mujeres. Según la Organización Panamericana de la Salud, estudios han documentado una asociación entre violencia contra las mujeres y una serie de problemas de salud física y mental. Algunos comportamientos de alto riesgo son más frecuentes entre las víctimas de violencia de pareja y violencia sexual.
Tan normal puede verse la situación de maltrato físico hacia las mujeres que en algunas ocasiones tienden a pensar que se lo merecen, por algún mal comportamiento cometido, por una forma de vestir inapropiada y que el hombre únicamente está corrigiendo por lo que lo liberan de toda culpa y validan sus acciones. Consideran los maltratos como algo natural que posteriormente, al desarrollarse e iniciar sus relaciones interpersonales, son capaces de tolerar golpes y consideran que incluso son necesarios para la educación de sus propias hijas, repitiendo y replicando el patrón de conducta y el círculo vicioso de violencia.
Sin embargo, en algunas ocasiones las mujeres sí van a denunciar y manifiestan comúnmente que su compañero de vida las maltrata de manera física, cuyos indicadores más frecuentemente y más visibles son: hematomas en cualquier parte del cuerpo, , marcas y cicatrices en la piel, fracturas, torceduras, pérdida de piezas dentales, lesiones en ojos, lesiones en las extremidades, todo esto sumado a los otros tipos de violencia, los cuales están definidos tanto en la Ley Contra la Violencia Intrafamiliar como en la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia Contra las Mujeres[4]..
La cultura de violencia hacia la mujer llega a desencadenar abusos de índole sexual, violación y otras agresiones sexuales, las cuales en su mayoría no son denunciadas por amenazas o temor a represalias. Muchas mujeres no interiorizan que son iguales ante la ley y que la violencia no debe permitirse y que es imposible considerar que tengan la culpa o creer que se lo merecen.
Si los casos de violencia física son difíciles de tratar, los de índole psicológica sufren el mismo destino, la mujer víctima de violencia psicológica no recibe la ayuda oportuna para superar aquellas heridas que no son visibles pero que las marcan de por vida, y que influencian negativamente su forma de actuar y pensar, de tal manera que en su vida laboral también se vuelven permisibles a la violencia, y existen casos en los que el representante patronal tiene conductas de maltrato y la mujer víctima no es capaz de parar este ciclo y tiende a justificar, por la necesidad del empleo, que tolera ese tipo de conductas, su autoestima está tan minimizada, que no le permite valorar que merece respeto, igualdad y valor propio.
El grado de permisividad y ocultamiento hace que mujeres profesionales y exitosas, que son madres, esposas, hijas, sean víctimas de violencia, no importando su éxito como persona, sino más bien, en ocasiones, incitándolo. Como toda agresión, se van desencadenando diversas inseguridades que invaden la mente de la mujer, las cuales se transmiten a sus hijos y que, junto con los posibles maltratos físicos, se vuelven doblemente víctimas, interfiriendo en su desarrollo con baja autoestima, miedo, angustia, dificultad para socializar, y demás consecuencias.
Para intentar disminuir el problema de violencia hacia las mujeres hay que dirigirse a su origen: el hogar. Es necesario qué, en los hogares, se fomenten valores como el respeto hacia la mujer, y no ser permisibles ante cualquier tipo de violencia. Se debe permitir que la mujer, desde la primera infancia, crezca en un ambiente donde se fortalezcan sus competencias, que se construya una mujer empoderada de sus derechos, de su gran valor como persona, y que se la incentive a desarrollarse en las áreas que conlleven a su realización para el cumplimiento de sus metas, y sueños, sin tener que limitarse a cumplir un rol de cosificación, es decir que se sienta libre de escoger su futuro y sea capaz de lograrlo.
Este cambio de pensamiento en el hogar hacia la mujer la beneficiaría, así en su adultez traspasaría los múltiples ámbitos en los que en la actualidad se desenvuelve, por mencionar algunos: laboral, materno, de pareja, en su comunidad, volviéndose un ejemplo a seguir y logrando liberarse del círculo de violencia.
La lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, a la que muchos han dedicado su vida, debe traducirse en cambios tangibles en los comportamientos de la sociedad, desde equidad en el trato familiar, remuneraciones y prestaciones equitativas a nivel laboral, hasta la posibilidad de ejercer cargos de dirección y liderazgo. Al ser la mujer una víctima histórica y contínua de violencia, hay un sentido de urgencia para que su valor sea restaurado, su papel en la sociedad reivindicado y su rol como pilar de la familia recuperado
[1] Art. 1, Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Contra la Mujer, Instituto Interamericano de Derechos Humanos,
[2] Cáceres Carrasco, J. "Violencia física, psicológica y sexual en el ámbito de la pareja: papel del contexto clínico y salud.” 2004, Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, España
[3] Moral de la Rubia, Jose y Ramos Basurto, Sandra. “Machismo, victimización y perpetración en mujeres y hombres mexicanos”, Estudios sobre las culturas contemporáneas, Epoca III Vol. XXII. Numero 43, Colima, Verano 2016, pp. 37-66
[4] Arts. 9 y 10, Ley Especial Integral para una vida libre de violencia contra las mujeres. Decreto Legislativo N° 520 del año 2010. Art. 3 Ley Contra la Violencia Intrafamiliar, Decreto Legislativo N° 902 del año 1996.

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