Integrantes Grupo 1:
1. Marta Lidia Garay de Cienfuegos
2. María Magdalena Solórzano Erazo
3. Ivonne Elizabeth Arias
4. Raúl Alberto Taura.
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na de las vivencias más significativas del ser humano es estar enamorado, sobre todo ese primer amor que suele sentirse en la “etapa de adolescencia”, y aunque puede ser una de las experiencias más maravillosas en la vida, también puede llegar a convertirse en la peor pesadilla de cualquier adolescente; ya que es justo en esta etapa en la que surgen cambios, tanto físicos como emocionales; estos últimos pueden generar dudas, contradicciones, ansiedad, rechazo, y diversas emociones que lo acompañan hasta su etapa de adultez.-
Es evidente que los aspectos físicos son cada día más notables en comparación con los cambios emocionales; sobre todo en esta época que se enaltece lo superficial, lo visible, sin embargo el carrusel de las emociones en esta etapa se caracteriza por su intensidad, por ejemplo hay emociones negativas, cambios de humor y es aquí cuando pueden surgir las conductas impulsivas, conflictos emocionales, pero a su vez, hay sentimientos positivos muy profundos, se idealiza a la otra persona, todo es alegría y felicidad, se experimenta un nerviosismo, vergüenza, la ilusión del primer beso, entre otros sentimientos. En tal sentido se tiene que el noviazgo es considerado como “una relación social explícitamente acordada entre dos personas para acompañarse en las actividades recreativas y sociales, y en la cual se expresan sentimientos amorosos y emocionales a través de la palabra y los contactos corporales”.[1]
Por consiguiente, es en el noviazgo donde se experimentan los buenos y malos sentimientos de los adolescentes y jóvenes, puesto que con la convivencia y el compartir se va conociendo mejor la pareja. En algunos casos suele ser una relación pasajera o momentánea, mientras que en otras relaciones de noviazgo es duradera de años y excepcionalmente hasta culminar en matrimonio; cuando esto sucede no surgen problemas de ninguna índole, ya que ambas familias dan el consentimiento o aprobación de un noviazgo reconocido; que posteriormente termina en la unión matrimonial, generalmente son los progenitores los más satisfechos con la unión, sin lugar a dudas depende mucho de los valores que estos inculcan en sus hijos, estableciendo límites como el respeto, tolerancia, buenas relaciones y sentimientos nobles.
En el transcurso de la adolescencia se van consolidando diferentes procesos cognitivos, biológicos, el desarrollo de la moral y la incorporación de los patrones culturales propiamente adquiridos en distintos ámbitos de la interacción social. Tal desarrollo es diferenciado dependiendo del tipo de familia en donde se desenvuelva la relación padres-hijos. De esta manera, en familias funcionales en donde existe un hogar con intercambio afectivo hacia los hijos, existe comunicación fluida, aunque aparezcan problemas, cuentan con maneras de resolverlos, enseñan a los hijos disciplina, valores y límites. Esos valores y costumbres que van adquiriendo hacen que el hijo o hija vaya moldeando las etapas de la niñez y adolescencia, destacando fuertes lazos afectivos, de estabilidad emocional en la familia, de donde dependerá en gran medida el intercambio de emociones; la buena comunicación y escucha entre progenitores e hijos vuelve armoniosa la convivencia familiar, obteniendo que ”la dinámica familiar, es comprendida como la colección de fuerzas positivas o negativas que afectan el comportamiento de cada miembro de la familia haciendo que ésta como unidad funcione bien o mal”.[2]
En cambio, en las familias disfuncionales donde existen diversos tipos de trastornos, evidenciándose por el dolor y la agresión en las relaciones personales, la ausencia de afecto de bienestar y posiblemente la desintegración familiar; todos estos factores negativos son aprendidos por los niños, niñas y adolescentes quienes replican ese patrón cultural negativo en su sociedad inmediata. Con ese trasfondo es muy posible que, en la mayoría de las relaciones de noviazgo, ocurra violencia y aquella relación de expresión de sentimientos amorosos se transforme en una relación de abusos, que pueden exteriorizarse de manera física, emocional y hasta en relaciones sexuales prematuras con el fin de dominar y mantener el control sobre la otra persona, (generalmente sobre la joven), esta violencia puede mantenerse invisibilizada, ya que las relaciones amorosas de los adolescentes y jóvenes pueden ser consideradas como triviales, pasajeras o por entender que aquello que ocurre en el seno de la misma relación debe mantenerse en el espacio privado e íntimo de la pareja, cubriendo la posibilidad de intervención de terceras personas, evidenciándose “que no existen diferencias estadísticas significativas en la prevalencia de violencia hacia la pareja dependiendo del estatus de la relación: noviazgo, cohabitación y matrimonio”[3] siempre está presente la violencia en la pareja.
El planteamiento descrito ocurre en El Salvador, donde los/las adolescentes están expuestos a sufrir el fenómeno del “bullying”, es decir, un acoso físico o psicológico prolongado que puede derivar en agresiones físicas provenientes de los propios compañeros de estudio; de igual manera se puede sufrir violencia en las relaciones de noviazgo, así como acoso, hostigamiento y victimización, factores que pueden inducir a las víctimas a buscar escapes desesperados por medio de los vicios de alcoholismo y drogadicción. Sin duda, es una gran responsabilidad para los padres, tutores, y cualquier otra institución familiar así como para las instituciones creadas con fines de fomentar la educación de niños, niñas y adolescentes como las escuelas y colegios, en inculcar una disciplina y cultura de respeto mutuo, con el propósito que los niños, niñas y adolescentes sepan establecer de manera armoniosa sus relaciones interpersonales, lo cual debería ser demostrado tanto dentro como fuera de los hogares. En ese sentido, reviste especial importancia la educación desde las etapas tempranas de la niñez, que fundamentarán los principios bajo los cuales se construirán las relaciones de amistad, compañerismo y noviazgo, sin mayores dificultades de entendimiento en una sana convivencia armoniosa y de respeto.
Por consiguiente, la violencia tiene una repercusión profunda sobre la salud de las víctimas, en el caso de los adolescentes puede manifestarse en acciones negativas inmediatas o en el largo plazo y seguramente lo podemos considerar un factor de riesgo que ocasiona una variedad de enfermedades y afecciones e incidir negativamente las relaciones de noviazgo.
Es indispensable que los padres brinden una adecuada y oportuna orientación a sus hijos sobre el noviazgo, que les permita a ellos conocer sobre este tipo de relaciones interpersonales y conducirse apropiadamente en cada una de las etapas que conlleva el noviazgo, partiendo de la mejor selección de la pareja, que se fundamente en el conocimiento o amistad de la otra persona y no en una decisión meramente emotiva, en la que el afecto quede relegado a un segundo plano.
El noviazgo en la adolescencia podría representar un desafío tanto para los adolescentes como para los padres en cuanto a orientación hacia sus hijos, dado que en esa época de la vida el atractivo visual puede ser muy ponderado en la elección de la pareja, sin embargo ese factor es solamente uno de los muchos factores que se deben tomar en cuenta para establecer una relación de noviazgo sana en la que ambas personas se conozcan, desarrollen plenamente y fortalezcan sus cualidades individuales y como pareja.
[1]María de los Ángeles Páramo y Flavia Arrigoni, «Violencia psicológica en la relación de noviazgo en estudiantes de la Universidad de mendocinos, Argentina» (2018): 325.
[2] María del PilarMartínez Navarro, «Funcionalidad y disfuncionalidad de la familia», perspectiva de la psicoterapia familiar, 319.
[3]Maruzzella Paola Valdivia Peraltay Luis AntonioGonzález Bravo, «Violencia en el noviazgo y pololeo: una actualización proyectada hacia la adolescencia», Revista de Psicología, Pontificia Universidad Católica del Perú, vol. 32, no. 2, (2014): 333-334.

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