La autora, con apenas 11 años, experimenta el deseo de salir de casa y de conocer cosas nuevas, distintas a las que vivía en su hogar. La única forma de escapar es hacer lo mismo que hizo su hermana: buscar un empleo. Tara echa a andar ese pensamiento yéndose al pueblo en busca de su objetivo, logrando trabajo de “niñera”. Esto le permite relacionarse con otras personas, con niñas de su edad, experimentando interés de aprender. Asiste a clases de danza junto a otras niñas. Queda sorprendida de la vestimenta que ellas usan para sus clases (ha sido criada en un hogar patriarcal, machista, con estereotipos de género, en donde están bien definidos los roles del hombre y la mujer, que aún persisten en nuestra sociedad). Es interesante ver su conducta y la de su madre ante tales circunstancias (saturadas de la visión religiosa de su padre), cuando observa a unas niñas de apenas seis años de edad que habían terminado su clase, dice: “me parecieron pequeñas rameras”, o cuando responde a su maestra que “ella no podía comprar la ropa (creyendo la maestra que quizá era por falta de dinero), pero no es asi, sino por sus complejos -diría en este caso- ya que había adquirido los “valores” de su padre, quien dentro de sus patrones culturales, afirmaba que “una mujer honesta nunca enseña más arriba del tobillo”.
Como era de esperarse, su madre tampoco se encontraba feliz: “Tara no puede ponerse eso —replicó mi madre—. Si las otras quieren vestirse así, se quedará en casa”. (Westover, 2018). A la mañana siguiente se hizo la entrega del vestuario -que para las creencias de la familia de Tara era considerado demasiado destapado- pero ella se las ingenió para poder vestirlo.
Su madre se mostraba nerviosa cada vez que ella asistía a un ensayo sin decirle nada al padre, (temía su respuesta al confesarle que pertenecía a un grupo de baile). Un día, él hizo muchas preguntas y su madre termino diciéndole la verdad: “Cuando le contó que Caroline Moyle me había dado clases, papá hizo una mueca y, en vez de hablar una vez más del socialismo de California como yo esperaba, cogió el abrigo y nos encaminamos al coche los tres” (Westover, 2018). Fue algo que ninguna de ellas esperaba.
“La función tenía lugar en la iglesia, a donde había acudido todo el mundo con voluminosas cámaras de fotografía y vídeo. Me cambié de ropa en la misma sala donde recibía las clases de la escuela dominical… Me puse la sudadera e intenté dar de sí la tela un poco más”. (Westover, 2018)
El baile disgustó al padre de Tara porque el vestuario se levantaba y se veía parte de las piernas: “iba en contra de sus principios y que era uno de los engaños a satanás”. Tara recuerda: “Al cabo de unos días mi madre se sentía culpable y busco una actividad que mi padre no prohibiera y así fue me inscribió en el grupo de Canto fue ella quien consiguió una profesora de Canto para poder cantar canciones en la iglesia”. (Westover 2018)
Solo al conseguir el reconocimiento de los demás por su desempeño, logro obtener la aprobación de su padre, quien se sintió feliz de esos agasajos: “Conseguiré el dinero —le dijo a mi madre cuando se acostaron por la noche—. Llévala a la audición” (Westover, 2018).
Es interesante ver el comportamiento de una madre e hija, -más de alguno los ha experimentado en algún momento- cuando nuestras madres nos dijeron “cómpralo, hazlo, ve, pero no se lo digamos a tu papá”, creando un lazo de “complicidad”, en oposición a la rigidez del padre.
Los patrones en la familia de Tara, persisten en nuestra sociedad: se sigue juzgando a una mujer por la forma en que viste, por lo que hace etc. Persisten los estereotipos de género propios de una cultura patriarcal.
La familia de Tara estaba en contra de las actividades que a ella le gustaban –y que su religión impedía-. Su padre no quería que ella se viera envuelta con gente que no compartía su misma ideología. Tara siguió avanzando, ocupando su tiempo libre en hacer cosas que le gustaban y que su padre aprobara sin ningún problema. Lo anterior es un claro ejemplo de como la familia (el padre) deciden e imponen lo que se puede hacer o no.
CAPÍTULO 9: PERFECTO EN SUS GENERACIONES.
La gente generalmente se adapta a la realidad iniciada por el hombre mismo, creyendo -especialmente la gente sencilla- en profecías o creándolas según sus propias conclusiones. Es lo que sucede con el padre de Tara, a pesar que gradualmente se va abriendo, no deja de lado completamente las creencias teocráticas que le rigen, ya que en su paranoia (más que en un fanatismo religioso) “había tomado como auténtica la célebre teoría del Y2K, preparándose para «los tiempos de abominación» del mismo modo que cuando fueron testigos del asedio a los Weaver” (Westover, 2018). Hay un nuevo choque de culturas y pensamientos - como el de la civilización cristiana occidental con la budista, sintoísta y musulmana que reinaban en oriente durante la edad media- encontrándose con personas que no viven el mundo de la autora que es “cotidiano” pero también “mordaz”, incluso temiendo que el choque “intelectual” de ambos mundos tuviera repercusiones que echaran por tierra el esfuerzo de la autora.
Vemos como una familia que no cree en el Sistema de Gobierno -ni en otra cosa que no sean sus propias creencias religiosas-, con las que incluso manipulan a otros para que dejen de usar lo que ese sistema les pueda brindar. Es el caso de Rob y Diane, que se dejaron influenciar por personas ignorantes hasta el punto de sacar de la escuela a su hija Jessica al creer que “las escuelas públicas eran poco más que programas gubernamentales de propaganda” (Westover, 2018).
Encontramos personas que se resisten a creer que el mundo “cambia constantemente” y hacen creer a sus hijos “que personas que asisten a las escuelas, doctores y cualquier otro beneficio del sistema, son seres extraños a ellos y que al hacerlo es pecado y abominación y que no tienen perdón de Dios”. Esas creencias no les permiten prosperar a ellos ni a sus hijos. Frecuentemente los líderes religiosos intentan hacer creer a sus feligreses en cosas “alejadas de la realidad” -como en el presente caso- cuando el jefe del hogar hace que toda la familia invierta en provisiones como alimentos, gasolina y armas (disque para proteger su almacén de provisiones), invitando a que los demás sigan su ejemplo y se preparen para “el fin del mundo”, evento que no sucederá (como lo esperan), quedando avergonzados ante todo mundo.
Finalmente, vemos en este capítulo que “el resistirse a la oportunidad de aprender u obtener nuevos conocimientos”, nos lleva a hacer cosas que nos dejan en posición de “ignorantes”. Debemos dar la oportunidad a nuestros hijos que puedan tener nuevos conocimientos y oportunidades, para que tengan un mejor futuro. Debemos “enseñarles e impulsarlos” a conocer nuevas cosas que sean para su propio beneficio.
CAPÍTULO 10: ESCUDO DE PLUMAS
El evento del Y2K no sucedió como el padre de Tara esperaba (según sus teorías conspirativas) y eso lo desmoralizó. No volvió a mencionarlo, sumiéndose en el desaliento. “Mi madre anunció que había llegado la hora de realizar otro viaje a Arizona”, como había sucedido años antes. La familia se reducía: “Solo Richard, Audrey y yo nos apretujamos en la vieja furgoneta”.-
A los pocos días empezó a mejorar y siempre fiel a sus convicciones religiosas, comenzó a discutir con la abuela quien por su cáncer de médula ósea, acudía al médico: “Esos médicos solo conseguirán que te mueras más deprisa”. La abuela junto a su quimioterapia, tomaba las infusiones de la madre de Tara (quien las llevo con la esperanza de que la abuela se interesara por ellas). “Esas hierbas no te harán nada de nada” -aseguró papá-. “Las tisanas actúan por la fe. No puedes confiar en un médico y luego pedir al Señor que te cure”. (Westover 2018).
Y como había sucedido antes, su padre (siempre disponiendo de la vida de los demás en torno a sus decisiones) ordenó irse. La abuela sin creerlo, le recuerda el accidente que habían sufrido en iguales circunstancias, dice que mi padre “no ha aprendido nada de nada”.
El padre, como eje principal de la familia, toma las decisiones, impone órdenes y todo debe hacerse conforme a su visión, sin permitir que nadie exprese miedo, oposición, -mucho menos- “CORDURA o SENSATEZ”, solo su perturbada obsesión de imponer su voluntad.
Y como era de esperarse, el escenario del accidente se volvía a repetir: la misma decisión, los mismos actores, la misma actitud de su padre afectando la vida de todos. Después de la confusión, esa era talvez la primera vez que –aunque no lo dijeran- reprocharan a su padre por lo sucedido: “No miramos a papá; no queríamos acusarlo” (Westover, 2018)
Tara, sufrió las secuelas de ese accidente y nuevamente se vio inmersa en la dinámica de su madre (“trabajos energéticos”, “infusiones”), que no le producían ningún cambio.
A su vida regresa su hermano Shawn, quien después de mucho tiempo vuelve para ayudar a su padre en sus quehaceres. Y aunque no ha sido mucho tiempo, le resulta casi “un desconocido”.
Es Shawn quien al ayudar a Tara con su doloroso problema físico, también remueve un velo que “cubría” la imagen de su padre y desvelaba a partir de su presencia un secreto deseo: “ Ignoro qué veía — qué ser creé a partir de aquel acto violento y compasivo— aunque me parece que veía a mi padre, o quizá a mi padre como habría deseado que fuera: el defensor que yo anhelaba, un paladín ideal que no me metería de lleno en una tormenta y que me curaría si resultaba herida” (Westover, 2018).
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